miércoles, 17 de diciembre de 2008

(...)

No creí que volvería a zambullirme entre las tintas tan pronto; tampoco creí que fueras a lastimarme. Y quizás por no creer tantas cosas, creí en ti. Quisiera vomitar mi verdad, pero prefiero hacer una regresión y saborear, de a poco, cada momento acumulado en mi piel.

Recuerdo y, sin querer, mis labios dejan ver una ilusa sonrisa cargada de melancolía. Las palabras vuelven a mi boca, pero la inquietante mueca las retiene más allá de las arcadas y los dientes.

Puedo acordarme de cada momento, de cada frase, de cada mirada… ni hablar de los abrazos urgentes y de los besos, a veces, indecentes. Pero lo que más recuerdo son tus manos jugando con las mías, las pieles lamiéndose, chocando desesperadas.

Entre el último de los recuerdos encuentro una noche de primavera diferente. Vuelvo a ver esa noche con un cielo gris, nublado, amenazando con lagrimear; una brisa descontrolada por remover la tierra escondida entre las baldosas, una acción innecesaria, un golpe al corazón, un tajo profundo en los sentimientos.

Me veo, te veo y nos veo en esa noche. Yo, desconcertada. Tú, escupiendo culpa. Tus palabras me mareaban, me molestaban; miraba todoy trataba de hundirme, pero te desconocía… te desconocía desde las pestañas hasta el alma.

Y ahora queda un sentimiento de cólera y culpa por haber creído en ti.

Ese amanecer fue interminablemente cruel, desgarrador. En mi pieza, las luces estaban apagadas, la soledad invadía cada rincón; podía sentir el frío de una primavera que moría con la salida de los primeros rayos del sol. Y ahí estaba yo: sentada, lapiz en en mano, entre la oscuridad, la soledad y el frío de mis huesos.

Después de horas, logré dormir y, quizás, hasta soñé contigo. Deseos que no debí desear. Volví a verte escupiendo culpas, quejándote solo. Volví a verte pero no eras el mismo. Esa noche la desesperacion se ganó tus labios, la mirada te pesaba, tus manos estaban tan lejos de las mías. Estuve horas mirándo y riéndo de la situación, de cómo habías pisoteado tantos días y momentos, de cómo íba a seguir. De vez en cuando reproché tus incoherencias, y de vez en cuando quisiste no escucharme.

No miento si digo que mis brazos no querían más que abrazarte, mi corazón quería no haber sido golpeado y mi mente quería borrar la noche anterior; pero aunque quisiera tantas cosas, no podía. No podía, ni puedo olvidarme.

Me arrepiento de no haber apretado tu torso en un abrazo de despedida; pero aún me queda el recuerdo de tu aroma, de tu barba rozando mis hombros, de tu sonrisa, de tu sabor.

Aún me quedan los recuerdos, el dolor en el alma y muchísimas lágrimas más; porque aunque quiera, no te puedo perdonar.

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la florida, santiago, Chile
A veces siento que mi nombre me condena. Ahora estoy pasando por mis 18 otoños amarillos. Y la verdad no ah sido nada dificil. Disfruto de las cosas simples de la vida, Disfruto de las sonrisas, mías y ajenas, también delos abrazos. A mi locura no se definirla, solo sé que me permite descubrir y descubrirme. Soy soñadora por naturaleza, me cuesta mantener atados los pies a la tierra, a veces eso me juega en contra, convivo con sentimientos que solo encuentran lugar en mis ilusiones. Aunque hoy preferiría dejar mi alma al descubierto, muchas veces la escondo bajo mi piel para que no sienta los espasmos de la realidad que se avecina -contra mis huesos- sin remordimientos.